lunes, 19 de julio de 2010

Vacaciones, Libros y Guitarras


Por fin vacaciones, bueno, recibo unas notas y estoy listo, confío en que me irá bien.

Si bien son las cortas vacaciones de invierno de dos semanas, son un manjar en medio de las exigencias y las rutinas del año. Por fin puedo leer sin apuros. Ayer terminé La Tregua de Beneddetti. Simpleza para escribir, profundidad para comunicar, y cotideaneidad de la verdadera al momento de situar los personajes y sus contextos históricos, en los que la representación de la clase media baja me hace sentir identificado. De esos libros, que ha diferencia de los de la universidad, lees como si estuvieras viendo una película, cuando te das cuenta has leido 120 páginas y estás tan metido en una trama tan trágica y entretenida, propias de Beneddetti, que ignoras el pasar de las hojas. En cambio hay libros en la "U" que además de ser enrredados y densos (claro, un estudiante de sociología tiene la capacidad de decifrar las más complejas elaboraciones teóricas) son largos y aburridos, un martirio considerando que muchos de ellos no te servirán para lo que quieras hacer en la práctica, cuandeo trabajes. Hubo un tiempo en que cuando pensaba en qué campo desarrollar mi profesión me inclinaba por lo académico: el hacer clases, pero definitivamente no me gustaría estar revisando pruebas ni calentándome la cabeza con autores, haciendolos discutir y transformarme en un charlatán. Y es que hoy los académicos en general se caracterizan, tal como lo retrata De los Campos en su chistoso diccionario de Sociología invocando a Voltarire.

Académico: hombre de mucho talento, el cual no había inventado nada, pero explicaba muy bien el invento de los demás.

Y es que es la realidad, un sueldo sólido, prestigio académico, y muchos cafés gratis, pero una capacidad de creacion que es muy poco vista en la práctica. Más bien se dedican a reproducir, inculcar conocimientos necesarios para la formación de un profesional, a transformarse en jueces, en respetados verdugos que con el acta de notas te pueden cortar la cabeza o dejar en libertad.

Que rabia, estoy de vacaciones y yo perdiendo tiempo en estas estupideces académicas. Bueno otra cosa que hago siempre en vaciones es música. En realidad siempre hago, todo el año. Pero lo mejor es poder levantarse y pensar en música y en todo el tiempo en el que puedo tocar mi guitarra. ¿Acústica o eléctrica? Buen dilema.

Comencé tocando una vieja guitarra acústica. Mi viejo me enseñó el Re, La, Do, y Sol cuando tenía 11 años. Desde ahí me sumí al mundo de los acordes, los mayores, los menores, los bemoles, sostenidos, con la séptima aumentada, disminuída, con la novena bemol o con quinta, un mundo de colores, de posibilidades, de sonidos, de diferencias y por último de sentimientos. Con la guitarra acústica pude esgrimir mis primeros intentos de canciones. También tocaba en la iglesia desde chico, la iglesia evangélica Bautista de Limache. No habían buenos músicos asi que me tiré al agua tempranito, era urgente que tocara. Fue después, como a los 14 años, y después de incharle las bolas a mis viejos que quería una eléctrica, que mis padres hicieron un gran esfuerzo y compraron en cuotas mi primera guitarra eléctrica. Una Samick color naranja oscuro, y venia con un amplificador de 15 watss.

Creo que unas de mis mayores influencias o mejor dicho guía musical fue Cristian Tesorieri, mi primer profesor formal de guitarra. Me dirigió la mirada hacia el Rock de forma definitiva. En realidad conocía algo, ya que por mi cuenta indagaba en internet y aprendía unas que otras cosas. Sin embargo, Cristian me ayudó a fortalecerme tecnicamente y me mostró grupos que hasta hoy escucho obligadamente como Dream Theater, Ingwie Malsteen o King Krimson. En fin, con su ayuda fui explorando y conociendo la guitarra eléctrica. Estuve mas o menos un año con él, después no podía seguir con las clases, derechamente no había plata, estabamos pasando un periódo critico económico como familia, bueno, a que familia no le ha pasado. Después entré a trabajar a una empresa de aseo, qué buenos recuerdos. Trabajé un mes, y cuando recibí mi sueldo, que eran unos $200.000 los invertí todos en una guitarra eléctrica: la Godin SD. Mi Godin SD. Ella es mi nueva acompañante, junto a mi guitarra acústica Ibanes, que hace poco adquirí por un trueque con un feriante limachino. Le cambié mi amplificador de 15 más 40 lucas, por la Ibanes, buen trueque.

En fin, la guitarra eléctrica me hace entrar en el mundo de la expresión total. Con ella toco en mi banda de blues, y cada vez me gusta más como suena. Me gusta improvisar y dejar fluir todo lo que llevas dentro, es como una cita con un psicólogo, donde el psicólogo es el propio instante, el otro con el que improvisas, pero que te entiende y no sólo te escucha sino que interactúa contigo. La distorción es otro punto, hacer un riff cargado de Gain es lo mejor de la vida, sobretodo cuando tocas en una progresión rockera al más puro estilo de Led Zeppelin.
Con la guitarra acústica también he tenido buenos momentos. Con ella he recorrido el sur de Chile cuando me voy a mochilear, cantando canciones de lo más diversos cantautores. Con ella he estado en los más diversos carretes cantando por horas, y horas. Es ella la que me acompaña al metro de Valparaíso, donde trabajo cantando, ilegamente pero trabajo. Ella conoce a mis amigos, sus voces sus risas, los momentos especiales tienen relacion generalmente a la guitarra acústica. Qué dilema. ¿Acústica o Eléctrica? creo que nunca me decidiré por una.

Me olvidaba que hoy en la noche me voy a mochilear (otra cosa que suelo hacer en vacaciones) son las 3 de la tarde y aún estoy en la cama escribiendo. Tengo que comunicarme con mis compañeros de viaje, nos vamo a un pueblito llamado el Maitén, ubicado de Ovalle a la cordillera, casi llegando a la frontera con Argentina. Nos vamos hoy!

miércoles, 7 de julio de 2010

Reflexiones en medio del Stress universitario


Es verdad, estoy terminando un trabajo final de Métodos Cuantitativos para la U... pero simultaneamente no puedo dejar de pensar en viajar, moverme, conocer, hacer algo más que informes y trabajos para contentar al profesor de turno, y obtener una buena calificación. Esto de pensar en mochilear, no me daba hace rato. Me acordé de mis diversos viajes por Chile, cuando hablaba hace unas horas con Daniel (un canadiense voluntario que enseña Inglés en mi pueblo en un colegio municipal) y me preguntaba qué lugares le aconsejaba visitar y conocer en el sur de Chile. Mañana en la tarde parte a Santiago y de ahí tomará rumbo a Pto. Montt. Bueno, mapa en mano, recorde distintas rutas que con amigos y primos hemos recorrido. Y no podía evitar emocionarme y hacer un panorama de lo mejor de cada zona. El entusiasmo de Daniel me hizo recordar esos días de madrugada, comiendo los huevos fritos antes de emprender el rumbo con mochila a la espalda. Esa incertudimbre de salir a mochilear hacia quién sabe donde. De las preguntas del canadiense salía olor a viaje, y eso me tiene escribiendo. Y es que no quiero vivir una vida típica, no me gustaría escuchar siempre las mismas canciones, escribir las mismas ideas, memorizar un poema y declamarlo por el resto de mi vida. No! Quiero vivir una vida, si se quiere, alternativa. Por ahora estos pensamientos se ahogan cuando vuelvo a la realidad y me veo en un proceso, el de formación universitaria. Particularmente mi carrera, sociología, nos hace pensar. Muchas veces de forma crítica, muchas veces de forma funcional al mundo actual. Quizás por eso me he encariñado tanto con ella, ya que me ha dado ciertas herramientas para plantearme frente a un mundo que va de mal en peor. Hoy la cultura, las leyes y el mercado confluyen en una sociedad consumista, que se enfoca en alienar a las personas de su entorno, en hacerlas menos humanas. La misma economía neoclásica clasifica de CONSUMIDOR al individuo que compra una canasta X. Señores, somos personas, no consumidores. En fin, en parte no quiero vivir en esta lógica, no quiero. En parte siento que no puedo salirme. No sé, pero a veces me siento cohercionado por mi responsabilidad como hijo especialemente. Creo que es correcto retribuir de alguna forma concreta lo que mis padres han hecho por mí. Sé que ellos no lo esperan, ni me lo dirán, pero me gustaría hacerlo. Esto me lleva a un punto contradictorio, y es que quiero vivir una vida alternativa. No la que el sistema me exige. Eso quiero.

Por ahora pienso en viajar, conocer el mundo en el que vivo. Una especie de misión antropológica que tiene por fin conocer al OTRO, ese otro que labora en los alrrededores de Chiapas, ese otro que va a un colegio en alguna fabela de Brasil. Ese otro que en África trabaja de vendedor. Ese otro que en Egipto vive de la música. Por ahora pienso, y en pensar no hay engaño, en soñar menos. Pienso en darme un par de años y recorrer. Simplemente recorrer lo que más pueda.

Mejor seguiré con Cuanti...

lunes, 5 de julio de 2010

Micro 612: Dimensionando Valpo.


En medio de trajines propios de un universitario, he podido dedicarme a escribir muy poco. Cuando tengo tiempo de hacer algo, lo único que quiero es dormir o cosas que no tengan que ver con leer o escribir. Sin embargo, el viernes pasado sucumbí ante una experiencia inesperada, y por lo mismo dedicaré un par de minutos a perpetuar lo sucedido a través de algunas lineas.

Eran las 11 AM y estaba esperando micro en la "república independiente" de Playa Ancha, me dirigía a Viña, a terminar un trabajo de economía. Tenía hasta las 2:30 para entregarlo, de todas maneras ya lo tenía casi listo. Luego de esperar un par de minutos logro tomar una micro que decía "Viña del mar". Un saludo desganado logre rescatar del conductor y logré sentarme en el último asiento al lado derecho, unos de mis preferidos, quizás por que siempre me gustó sentarme al final de la sala.( no sé si por tener una amplia visión del curso, o simplemente por no sentirme presionado por las auto exigencias de los mateos de adelante, quizás las dos.) En unos 6 minutos la micro estaba en el Barrio Puerto, cuando toma dirección hacia un cerro. Debo informar, a estas alturas, que nunca fui un conocedor eximio de Valparaíso, por lo tanto son más las dudas que certezas al momento de moverme en el puerto. Bueno, era evidente que la micro no iba directamente a Viña del Mar (si es que iba a viña del mar), sin embargo, inesperadamente me quedé sentado sin querer moverme de mi respetado último asiento de la micro. Al final de todo- pensé- quizás me distraiga un rato. El domingo pasado, habiamos conversado con una "amiga más que amiga", sobre nuestra relación y al final de cuentas nos dimos un "tiempo" por razones que el que lee querrá saber, pero lamentablemente no podrá. Había pasado una semana muy agitada en la universidad, por lo que no había tenido tiempo en los últimos 4 días de estar conmigo mismo y pensar, fuera de los límites académicos.

La micro comenzó a subir ese cerro X, mientras lo hacía me di cuenta que estaba escuchando al trovador ariqueño Manuel García. Sí, a estas alturas sus canciones me parecían más que conocidas, sin embargo, colaboraban con la apreciación de los paisajes, que a cada momento se volvían más interesantes. Después de una curva se comienzan a ver miles de casitas de distintos colores, colgando de los cerros. Ellas me miraban, y no es por pecar de egocéntrico, no es culpa mía que me miren. Esta vista era nueva para mí, ya que siempre vi los cerros y sus casas de una perspectiva más lejana, ahora los tenía encima mío, y en realidad no pude quedar indiferente a aquel espectáculo, había algo muy especial y nuevo en el paisaje. Esta constante de especial y nuevo se repitió a lo largo del viaje. Le pregunté a un tipo, sentado adelante mío, en qué cerro estabamos, me respondió el Cordillera. La micro no cesaba de subir y de perderse entre curvas extremadamente angostas y peligrosas. Esto último lo comento ahora, pero en el momento, no había tiempo para pensar en eso, era el paisaje el que me tenía absorto y la música en mis oídos ayudaba bastante. Cuando la micro por fin comenzó a moverse de forma horizontal en la famosa Avenida Alemania (que recorre buena parte de los cerros porteños) me percate de altura en la que estaba. Se podía apreciar buena parte del Puerto Pricipal, lo que me hacía explamar inconcientemente las más variadas frases o ruidos "uuuh" "yaa" "nooo", esto sumada a mi cara de situación, brindaban un ridículo espectáculo a la gente que se subía constantemenete a la micro. Y es que al parecer era el único que no estaba habituado a la mística porteña, a aquellos cerros que se miran unos a otros y acercan sus casas, avecindando a quienes viven en ellas. Pasando por la plaza Bismark, pensé en lo agradable que sería invadirla con una buena compañía, y algun trago. Mis pensamientos llegaron a mi amiga más que amiga, pero había que esperar (todo lo que significa esperar para bien o para mal)... eso de "darse un tiempo", tiene sus costes. No recuerdo si pasé antes o después la casa del poeta Neruda, pero recordé fugazmente la ida que con mi madre hice, cuando era niño.

A estas alturas me costaba asimilar la situación, estaba en una micro, literalmente en la punta de un cerro, y escuchando a Manuel García. Me gustaba verme así, después de tantos días de no tener vida. Me gustaba verme así, impresionado por lo que había descubierto. Es increíble cómo puedes estar en un lugar y no alcanzar a dimensionar lo interesante e increíble que puede llegar a ser, cuando entras a rincones específicos y te invade una emoción infantil que tiene que ver con el descubrimiento de nuevas escencias, paisajes y situaciones que, quizás sean significativas sólo para el que las vive. Estoy rallando en lo patético, así que terminaré luego.

La micro comenzo a bajar estrepitozamente por las angostas calles de un cerro, sin embargo, se podían seguir viendo escenas nuevas, momentos memorables y que merecerían ser perpetuados por alguna cámara fotográfica, la cual no tenía en el preciso momento, pero sin duda lo eran en mi memoria. Y es que ya iba a llegar a Viña y debía continuar con mi vida académica.

Por motivos de tiempo no vale la pena describir cada detalle del término del viaje, quizás valga más la pena aconsejar tomar por equivocación alguna micro que te lleve por el Valparaíso de la canción: el de múltiples colores.

viernes, 31 de julio de 2009

El Valle de la Luna en bicicleta

Luego de dos días relativamente intensos, tratando de familiarizarnos con el pueblo de San Pedro, sus calles estratégicas, las picadas salvadoras, y por supuesto, con la gente que vive o está de paso por el pueblo atacameño, llega el día miércoles. En realidad no viajamos con mucho dinero, por lo que cualquier gasto, por muy necesario que sea, era escandalósamente doloroso, sobretodo porque San Pedro es un pueblo cosmopólito donde llega gente de los más diversos países y culturas, para sumergirse en este extraña y sublime experiencia atacameña que se constituye en nuestras raíces precolombinas más puras. El tema era que por la llegada masiva de los turistas, o los “invasores” como diría un amigo, los precios obviamente vuelan, y somos los rotos chilenos, los que tenemos que sufrir y regatear todo lo que posible, desde el camping hasta los tours, estos últimos se constituyen en una pieza fundamental del viaje a San Pedro, ya que es la única forma de poder conocer los lugares más interesantes y espectaculares que la cultura Atacameña posee, debido a la lejanía de muchos atractivos y lo implacable y duro del clima, se hace indispensable tomar al menos un tour hacia algún destino. Con este panorama, nuestro sencillo y humilde pero valeroso presupuesto se veía bastante aterrado, así que decidimos con el Mono y el Feña, alinearnos en una “economía de guerra”, que nos permitiera guardar las monedas para los tours (otro cuento era el regateo que teníamos que hacer para anotarnos en uno).


Ya era miércoles, y decidimos, luego de una ocurrente conversación de base, entre tallas y estupideces, levantar nuestro campamento que teníamos en el camping “los Perales”, y dejar las mochilas, carpa y demases, en la casa de una prima del Mono. Era una buena opción, ya que durante el día mis compañeros de viaje tomarían un tour hacia la laguna de los flamencos. Se me ocurrió que yo podría ajustarme a mi corto presupuesto (el día martes ya había tomado un tour a los Geisers del Tatio), e ir en búsqueda de una travesía en bicicleta, hacia el Valle de la Luna. Mi intención se vio confirmada ya que la prima del Mono me prestó su bicicleta, por lo que me ahorré los cuatro o cinco mil pesos del arriendo de bicicletas. Después de comer pollo con arroz nos separamos. Luego de que mis compañeros de ruta se fueron a esperar el transfer a la plaza, a eso de las tres de la tarde, me mojé la cara, me vestí con alguna ropa no tan pesada por el calor, ni tan liviana por el frío del regreso y tomé rumbo hacia el Valle de la Luna. Me acompañó hasta la entrada de San Pedro Edwin, el artesano hippie que conocimos unos días antes en el carrete del camping, y que se había transformado en un gran referente y compadren, ya que tocaba armónica, tocaba como muy pocas personas lo pueden hacer. Junto con Edwin recorrimos varias noches los restaurantes y pubs de San Pedro, juntando algunas monedas para darnos algunos gustitos. El tema era que iba a buscar a su hijo que llegaba al terminal en un rato más. Luego de que me deseó suerte y buenas vibras, me encaminé a través de la carretera al mítico Valle de la Luna. Al son de “Los Jaibas” en mis oidos, me adentraba cada vez más en el desierto, a medida que dejaba atrás San Pedro, me sentía acompañado del Titán del norte que me pegaba en la cara como si me gritara a cada rato, si bien el sol pegaba fuerte, el viento me hacía quitarle atención. Avanzando durante casi 40 minutos de pedaleo llegué a la entrada del Valle, ahí debía pagar una entrada de estudiante, eran mil quinientos pesos. Junto con pagar, un joven perteneciente a una de las comunidades indígenas que administran el valle, me explica y aconseja los parajes que me conviene conocer, los nombres de ellos y me dice que hice una buena opción, ya que en el viaje en bicicleta se aprecia a cabalidad la panorámica de los paisajes, cosa que en auto o buses, es imposible hacer. Luego de preguntarle algunas cosas, le pedí un vaso de agua, accedió amablemente. Pude mojar un poco mi garganta, que gracias al viento altiplánico estaba sequísima. Me despedí y continué mi travesía. El cemento de la carretera ya desaparece y la tierra se apodera del camino. A lo lejos se aprecian unos enormes cerros de color café, dándome la bienvenida, pero haciéndome saber que aún quedaba mucho para llegar. El álbum Alturas de Machu pichu aún no terminaba de sonar en mis oídos cuando llegó después de un poco de esfuerzo, algunos cerritos, al primer control. Ahí un cuidador me presta una linterna de cabeza, a cambio de mi carné de identidad, para ingresar a las Caverna de Sal, impresionante cueva, que debido a sus paredes blancas y agrietadas con hoyos misteriosos, te transportaba a lo que se podía imaginar como la luna, el tema era que me acaloraba pensar así, ya que debería tener un traje de astronauta, y a estas alturas ya hacía mucho calor. Luego de unos quince minutos de caminar a través de distintos obstáculos, y estrechos caminos, salí de la cueva saludando a una pareja de franceses y a tres chicos chilenos, que conocía del camping, creo que eran de Copiapó. Regresé al control, recobré mi carné y retomé el camino. El guardavalle me comentó que tenía 40 minutos para llegar a los miradores, y alcanzar a ver el atardecer, así que tomé la bicicleta y apuré el pedaleo, con una motivación que se veía reforzada al ir escuchando “Sube a nacer conmigo hermano” de los jaibas, el tema no sólo era llegar al mirador, sino ir disfrutando del increíble y espeluznante paisaje que se apreciaba al pedalear hacia allá. Mis grandes motivaciones que me hicieron pedalear más rápido se vieron frustradas por las estrambóticas pendientes que tuve que subir, a ratos tuve que bajarme de la bicicleta, no soy un profesional ciclista, por lo que esas subidas eran bastantes encumbradas para mí, y era menester caminarlas un momento. Se conjugaban cansancio con emoción al levantar la mirada, respirar rápido gracias a la altura, y captar con mis ojos la maravilla altiplánica que me acoge en su seno. Luego de hacer ascenso por casi 20 minutos, comienza un poco de descenso y al tomar una curva se divisan autos estacionados y bicicletas. Eran los miradores. Al dejar la bicicleta en su lugar correspondiente me percaté de un paisaje que conmovía, eran kilómetros de tierra color blanco, donde parecía que alguna vez nevó, pero que la nieve nunca fue removida. Lo chistoso era que aún si quiera había subido a los miradores. Comencé el ascenso caminando ya, por unas dunas. Mis piernas iban un poco débiles, por el reciente ascenso. A medida que iba subiendo se veía cada vez más interminable la nieve altiplánica y las rocas lunáticas que emergían como imponentes reinas que eran vigiladas bajo la atenta mirada del emperador spremo Inti. Luego de unos 10 minutos de ascender llegué donde habían dos guardavalles, le pregunté por el mejor lugar para ver la puesta de sol, y me indica el más popular, pero me comenta que el mejor lugar para ver la puesta de sol era otro, me lo indicó. Sin bacilar tomé rumbo a este último y al llegar, me invadió una sensación poco frecuente, y que me es difícil de describir. Era como si el mundo se paralizara por unos minutos y se silenciara todo, quedando en escena la grandeza de la creación y lo majestuoso de este lugar sagrado para el pueblo atacameño. Por unos segundos me quedé paralizado, tratando de mirar en detalle y captar ojala para siempre esa vista del Volcán Licancabur de fondo, acompañado por diversos cerros nevados, y en primer plano el valle, que transporta la conciencia a otro punto del espacio. No sólo eso, al girar mi cuerpo aparecía otro nuevo paisaje, era para quedarse loco en realidad. Ya pasaron unos 5 minutos, y llegan al mirador tres personas más. Eran de más edad, y uno de ellos hablaba español, era un chileno y dos franceses. El compatriota tenía una cámara fotográfica, me di valor y le expliqué que mis amigos habían tomado otro tour, y me dejaron sin cámara, y si podría tomarme una foto, y mandármela por Internet. Sin bacilar, y parece que sin pensar el chileno parlante francés me respondió: “por su puesto, pero si te sacas una, mejor sácate cuatro, y después te las envío”. Yo sacándome fotos, y él diciéndome donde sería mejor, al parecer sabía de fotos. Con todo, me llamó la atención lo buena onda del caballero. Fue en compañía de “The dark side of the moon” de Pink Floyd que me senté en unas rocas a disfrutar del mítico e irrepetible paisaje. “Breath in the air” parecía haber sido compuesto para disfrutar de la grandeza de aquel imagen absoluta e imponente del Valle de la Luna. Ya el tiempo pasaba y no podía dejar de sentir algunas cosquillas en mi cuerpo, al intentar dimensionar, la trascendencia que el valle tuvo en el colectivo del pueblo atacameño, y pensar que quizás en el lugar en que yo estaba, ellos mismos adoraban a su propio dios, impresionados por la grandeza de la naturaleza. Espontáneamente, agradecí a mi Dios por su evidencia, por sus huellas en la tierra. Y me estremecía al saber que el Valle de la Luna quizás era un respiro o suspiro del Creador. Yo por mi parte me sentía un grano de arena en el mar. Entre medio de mis distintas reflexiones me di cuenta de que el sol estaba por irse, al mismo tiempo que me di cuenta de la canción que sonaba: “The great gig in the sky”. Fue en el momento más intenso de la canción pinkfloydiana que el sol se iba poniendo, era como si Dios estuviera gritando o como si el sol era tomado por él y guardado por sus manos. De todas formas no pude evitar caer unas lágrimas que me sorprendieron a mí mismo, al mismo tiempo en que me vía absorto ante los nuevos colores y matices que emergían con la puesta del sol. La tierra se veía suavizada y descansada, como si hubiera estado esperando que el gran titán del cielo se pusiera. Luego de vivenciar esta experiencia aterradora, aterricé de golpe y recordé que el guardavalles comentó que apenas se pusiera el sol me convenía volver, ya que luego se oscurecería todo, y en bicicleta es bastante complicado. Comencé a descender del mirador, y a medida que bajaba la tierra, las piedras, los cerros, la nieve altiplánica iba tomando nuevos colores. Dejé en pensar en regresar y me paré por unos minutos a contemplar el color del cielo que iba cambiando paulatinamente, esto coincidió con el coro de “Us and them”, por lo que inevitablemente me sentía en otro mundo, otra vez. Ya en la bicicleta, emprendí el regreso a San Pedro, en realidad estaba un poco agotado por el sol constante que me había dejado hasta unos minutos, y la garganta seca me hacía añorar una gota de agua. De todos modos con el nuevo aire fresco, y ya con mi chaqueta negra puesta comencé a regresar. La vuelta fue formidable, un descenso rápido de unos 15 minutos. Para mi sorpresa los colores seguían cambiando y a cambio de la nieve altiplánica, ahora veía de primer plano el Volcán Licancabur, y sus acompañantes cerros nevados. Otra grata sensación pude percibir, al verme bajando a una rapidez increíble por el Valle de la Luna, escuchando la canción de Moby “In this World” y tratando de asimilar un paisaje increíble, abracadrante, imposible, ficticio, prodigioso, sobrenatural, ilusorio, inalcanzable. Ya pasando el primer control, y terminando el descenso, las primeras estrellas se comenzaron a asomar, y comenzaron a regresar los transfers y automóviles que estaban en el mirador. Luego de casi una hora y media de pedaleo incesante, llegué a la entrada del Valle. Comenzó ya el cemento y con él el hambre, el frío, y aparecen nuevas estrellas, ya llegada la noche. El cielo imponente, y era la luna quien me guiaba por la carretera, éramos la luna y yo, viajando por la carretera, un silencio ensordecedor, y las piernas que reclamaban. Después de casi una hora de pedaleo en la carretera, al lado derecho de la carretera veo como unas luces provenientes del suelo desértico, en realidad me dejó desconcertado el suceso, y paré la bicicleta, me bajé. No sabía si era síntoma de mi cansancio ya a estas alturas, o del delirio pinkfloidiano, pero sí, había una especie de iluminación en el suelo. Caminé y acercándome pude corroborar que se trataban de un grupo de piedras que brillaban, no entendía por qué brillaban y las otras no. La respuesta no me interesó más que la intriga, así que tomé un par de piedras, eran blancas y era alucinantemente lógico: brillaban con la luz de la luna. Me las eché al bolsillo y continué mi fugaz y casi extinta travesía.

Ya se veían las luces a lo lejos de San Pedro, con el Mono, el Feña y luego con Erwin el hippie, nos íbamos a juntar en la plaza, para ir a tocar blues a los restaurantes y pubs del pueblo altiplánico, ojalá unas monedas para apoyar el presupuesto, se venía el carrete en el Río, el carrete del bajo pueblo atacameño.